Es una tarde fría y gris. Voy caminando a una parte, no sé cuál es de las de aquí. Mi amigo me lo pidió en una carta. La carta sólo decía "Ven la tarde del sábado a la casa de A esquina B. Saludos, yo". Me picó la curiosidad y me dirijo para allá.
Llego. Es un edificio grande, un verdadero palacio, aunque abandonado y descuidado. Un pequeño temor me invade. El frío crece, un viento corre. La puerta es grande y vieja. Llego a ella. Veo por si hay algún timbre, no hay. Golpeo la puerta, se escucha retumbar adentro, no contesta nadie. Por casualidad me doy cuenta que está abierta. La abro un poco, me adentro, pregunto si hay alguien. Silencio. Me invade un pequeño susto. ¿Entraré? No hay nadie, eso parece. Con el corazón un tanto acelerado, entro despacio al palacio.
Está oscuro adentro. Se siente la humedad en el aire. Y el frío acá es más intenso. De lo poco que se ve puedo inferir que es un palacio del siglo XIX, de salas amplias y bien adornadas. El piso es de cerámica de colores. Mientras tanto, me pregunto para qué estoy aquí. No veo a nadie, no me he encontrado con mi amigo, y no parece estar sucediendo nada. El frío me hace tiritar un poco. De pronto, una voz. "Susana", escucho, me sobresalto. La reconozco, es la de mi amigo. Me ha visto, pero no sé dónde está. Antes de decirle nada, me habla. "Sé que estás aquí. Harás todo lo que te diga". Tengo miedo de lo que me pueda pedir. "Ahora camina hacia los tacos rojos que ves cerca tuyo". No me había dado cuenta hasta entonces que frente a mí había un par de zapatos de taco alto color carmesí frente a mí. Hago caso a mi amigo, y me dirijo a ellos.
Llego a ellos, los miro un rato. Entonces vuelvo a oir a mi amigo y me hace la petición más excitante y divina que he escuchado en mi vida. Me lo pide incondicionalmente, sin reservas, sin que yo pueda oponerme, como si yo hubiera nacido para ello. Me pide con una voz firme, como una orden... "¡DESNÚDATE...!". Oigo su petición, su imploración inobjetable, la pienso, me veo frente a mi amigo en traje de Eva, regalándole la visión de mis pechos y caderas descubiertas para él, y no tengo que entender nada, sólo hago caso, y sin darme cuenta me voy sacando toda la ropa. Cuando estoy a punto de descubrir mis senos, una cosquilla me recorre por dentro, algo así como un sentimiento de malicia dulce, de niña pícara que quiere hacer una travesura... sin pensar más me los descubro, y siento que hiervo, me sube la pasión a mi pecho, mi corazón late, voy a dar el último paso a la gracia máxima, descubrir mis caderas y mi vientre... como un amanecer, cae mi última prenda al suelo, mi cadera se despeja y mi cuerpo siente una exaltación espectacular. Me cuesta decirlo, la palabra me turba de solo pensarla ¡estoy desnuda! Entregada por entero a mi amigo, a sus caprichos, como siempre ha querido tenerme, aquí estoy, preparada para todo, porque ¡estoy desnuda! Sé lo que quiero: que mi amigo me vea, disfrute con lo que le muestro, que recorra su mirada por toda mi piel y se solace con mis curvas.
La tarde es fría, gris, la sala está oscura, toda la gente allá afuera debe estar abrigada... y yo estoy desnuda. Me siento bella, me siento seductora, mi corazón está a punto de estallar, como mujer que está ante el momento más erótico de su vida. Tuve novios, tuve amigos, muchos hombres me atrajeron, pero ninguno me pidió esto. Estoy feliz.
"Ponte los tacos que tienes enfrente", escucho. Hago caso. Me pongo los tacos rojos. Me quedan bien, se me ven bien. Ahora que los tengo puestos, puedo decir que estoy elegantemente desnuda, uniendo la belleza de mi cuerpo descubierto con estos tacos que realzan mi figura. Ahora puedo ir a una fiesta sin tener nada que ponerme, pienso mientras me río por dentro.
"Camina hacia el salón", me ordena mi hombre, le obedezco, siento que es mi primer gesto de seducción. Camino seductoramente, decidida, con un suave movimiento de caderas, con mis brazos a los lados. Se escuchan mis pasos por todo el lugar, es una señal de que estoy cumpliendo mi papel de modelo y de desnuda.
Llego a un lugar amplio y lúgubre, frío como todos los demás. "Detente". Me detengo. "Ahora ponte en posición firme, con los brazos a los costados y mirando al frente". Me pongo firme como una estatua, las piernas juntas, los brazos apegados a los costados de mi cuerpo, mi cabeza erguida mirando al frente. No hago nada más, solo mirar al fondo, quedarme quieta y preguntarme dónde está mi hombre.
Mientras cumplo con mi cometido, mi pensamiento va por varios recuerdos... recuerdo mi primer beso, mi primer amor, mis noviazgos, recuerdo la tibia sensación del enamoramiento... una sensación agradable ronda en mí, siento que estoy soñando, que voy volando sobre las nubes persiguiendo al sol, flotando suavemente olvidándome del espacio y del tiempo, en un estado de bucólica felicidad...
De pronto, su voz me despierta. "Arrodíllate y abrázate por debajo de tus pechos". Cumplo a cabalidad lo que me dice. Mientras hago la pose, empiezo a sentirme compungida ¿me estaré enamorando? Luego me pide llevar mis manos a mis caderas, lo hago.
Durante un largo tiempo mi hombre me va ordenando una serie de poses seductoras que juegan con mi cuerpo desnudo y con mi feminidad. Son gestos que me agradan, me excitan, hacen que descubra una parte de mí que no conozco, que poco a poco voy aprendiendo, y cada vez más me apasiono, se prende en mí una llama que arde y lo ilumina todo.
Al rato, algo me pide que me deja intrigada: "Arrodíllate como si fueras un caballero, y mantén tus manos en tus caderas". Me llevo mis manos a mis caderas, y voy bajando, apoyandome con una rodilla en el suelo y la otra pierna doblada , como si hiciera sentadillas. Me mantengo derecha, mirando al frente con la cabeza erguida.
Me mantengo quieta y en esa posición por largo tiempo. Como si estuviera posando para un pintor o un escultor, aunque no haya nadie y todo esto sea para simbolizar mi entrega a ese hombre del cual me estoy enamorando desde que mi piel quedó libre de cubiertas.
"Ponte de pie" escucho. Lo hago. "Camina hacia el otro salón". Me dirijo hacia donde me dice, con los mismos devaneos de sensualidad, mientras la noche cae, el brillo de la luna entra y mis pasos se escuchan por todo el lugar.
Llego al salón. Es grande y frío, y mi piel se estremece. La luz de la luna se dibuja en mi cuerpo. Pero no más escucho a mi amado decirme "¡al suelo!" para que yo obedezca y me recueste en un piso cerámico gélido como un polo. Siguiendo las instrucciones de él, me acuesto de lado poniendo una mano en mi cadera y la otra sostiene mi cabeza. En ese momento me convenzo de que me he enamorado de mi amigo, de mi hombre, de mi amado. Estoy profundamente enamorada de él y me juramento conquistarlo cuando me lo encuentre.
Luego, una serie de poses me hacen prácticamente bailar desnuda y sin música para él.
Súbitamente, las luces del lugar se encienden. ¿Habrá alguien entrado? ¿si me ven? ¿a dónde irme? Afortunadamente nadie aparece. Veo el salón, con sus muros, cornisas, lámparas, adornos... me dirijo a la ventana, llego allá, me acerco, las cortinas de seda acarician suavemente mi cuerpo. Corro las cortinas y la luna aparece brilante y majestuosa. Una sensación nunca antes sentida empiezo a vivir, una cosa dulce, agradable, que recorre mi piel y electriza mi cuerpo. ¿Será el amor que siento?
"Susana", vuelve a hablarme el hombre que yo amo. me doy vuelta al salón. "Camina hacia el otro salón". De nuevo andar con paso seductor.
Llego a donde me dice. hay un gran espejo de cuerpo entero. "Mírate en el espejo". Me dirijo a él.
Una vez frente al espejo, me miro y entiendo por qué mi amado me ha pedido desnudarme. ¡Soy bella, esplendorosamente bella! Las formas de mi cuerpo, mi piel de seda, mis curvas perfectas, mi rostro agraciado, todo conjuga perfectamente para la conquista. Mis pechos redondos y bien formados, mis caderas desesperadamente atractivas... Estoy emocionada, mi sangre hierve de pasión, mi cuerpo está exultante de amor, no hallo la hora de...
"Susana". Escucho detrás mío. ¡estás aquí! Me doy vuelta y, sin ocultarle nada de mí, lo veo. La pasión llega a su límite. Estoy desnuda, entregada para él...
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