viernes, 28 de diciembre de 2007
Publicado por Desconocido @ 23:49
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El pasado no puede cambiarse, de eso no hay discusión. Por ahora (quién sabe si es posible a futuro) es imposible regresar en el tiempo y corregir los errores cometidos o cambiar las situaciones dolorosas o incómodas. Muchas veces no queda otra opción que aceptar los hechos y resignarse a sus efectos.

Pero la Historia, si no puede cambiarse, al menos puede ser reinterpretada. Una cuestión que distingue a esta ciencia social (y que ha instalado la discusión acerca de si es ciencia o no) es que un mismo evento puede ser catalogado de distinta manera según el pensamiento, la experiencia, los valores o el estudio de quienes los observan. Así, para unos un suceso histórico puede representar un gran triunfo y para otros un gran fracaso. Puede uno resaltar las virtudes de una cosa y otro se detendrá en sus fallas. Incluso, puede haber variación respecto a la calificación de los hechos.

Digo esto a propósito de una etapa de la historia de mi país que ha causado y sigue causando disputas entre estudiosos. No me refiero al régimen de Pinochet, de eso ya hay bastante, sino de otra etapa, menos conocida, menos estudiada, pero que ha marcado a fuego el carácter nacional chileno. Hablo de la República Autoritaria, llamada también República Conservadora, que en mi país se extendió desde 1829 a 1861.

La historiografía oficial nos cuenta que esta época de la historia chilena marcó a fuego la historia de mi país. Que fue el tiempo en que maduró y se afianzó la institucionalidad chilena, el país se transformó en un ejemplo de civismo y de estabilidad para una América Latina convulsionada en ese entonces por guerras civiles y revoluciones. Que vinieron al país grandes personalidades como Andrés Bello, Ramón Monvoisin, Alejandro Cicarelli, Lorenzo Sazié, Andrés Gorbea, etc. Que durante esa época se dio gran auge a la educación y a la cultura, creándose instituciones como la Universidad de Chile, por ejemplo. Que en este período se formó el carácter democrático y respetuoso de la ley que distingue tanto al pueblo chileno como a sus instituciones. Una constitución, dictada en 1833, es la base de este régimen ejemplar.

Pero ¿qué tan cierto puede ser esto? ¿Acaso no ha habido falla alguna en el proceso? Esta misma historia “canónica” nos dice que pudieron haberse cometido algunos errores, pero que no era sino consecuencia de que buscaban apegarse a la legalidad. Si hubo dictadura, no era sino una dictadura legal. Así se refieren, por cierto, al gobierno de Manuel Montt, el último de los presidentes del período, el cual gobernó la mayor parte de su tiempo con facultades extraordinarias reconocidas en la propia constitución del 33.

Si queremos reescribir la historia, tenemos que liberarnos de los eufemismos que impiden enfrentar de cara los hechos a estudiar. Eso haremos. Debemos evitar realzar los grandes “beneficios” que nos ha traído un régimen funesto para el país, y poner atención en la realidad que marca este período, y su influencia para el resto de la historia patria. Dicho de otro modo: ¡basta de mentiras!

La República Autoritaria en Chile no puede considerarse un período positivo para la Historia de Chile. Digamos la verdad: fue una DICTADURA, con todas sus letras. Una dictadura perversa que se construyó a base de la persecución de sus opositores como criminales. Eso ocurrió tras la derrota de Lircay en 1829, donde cientos de militares fueron degradados o ejecutados. Muchos debieron irse al exilio, como Ramón Freire, por temor a una acción de los golpistas. Una cosa que jamás o muy poco se dice (porque la Historia oficial tiende a decir lo contrario) es que el régimen se instaló gracias a la acción de un grupo sedicioso de las fuerzas armadas, cosa que al parecer volvería a ocurrir varias veces después. No por nada dos de los presidentes del período, Joaquín Prieto y Manuel Bulnes, eran militares, con la agravante de que Prieto combatió en el lado realista como lugarteniente de Mariano Osorio (esto la historia no lo menciona, no sé por qué).

Un régimen autoritario, que descansa sobre la base de una feroz persecución política, tiene como principal figura a un tal Diego Portales. Sin embargo, su participación es muy poco decisiva como sí la fueron las del cura Meneses, Mariano Egaña o Manuel Montt. Algo parecido sucede con el general Pinochet, a quien se le considera el Satanás o el salvador, menospreciando a personajes como Jaime Guzmán. Pero volvamos a la Dictadura Conservadora. Buena parte de los que participaron de la reacción contra la Constitución de 1828 eran antiguos realistas que se resignaron a la Independencia de Chile, más algunos estanqueros (concesionarios les llamaríamos hoy) como Portales y simpatizantes del entonces exiliado Bernardo O’Higgins. Portales llegó a ser ministro de Prieto, pero al parecer no le interesaba mucho la política. Su influencia, repito, ha sido agrandada por los historiadores. Pero los criminales son otros.

Hace tiempo, tuve un profesor de Derecho Constitucional que no concordaba con la interpretación que la mayoría de sus congéneres hacía de la institucionalidad nacional. Él decía que no toda norma que se llamara “constitución” era en verdad una Constitución. Que era necesario conocer su contenido interno, la historia de su creación y su aplicación para saber si lo era. Así, podemos decir que la Constitución chilena actual, pese a sus reformas, no es una verdadera constitución, ya que fue creada por una dictadura y tenía (y tiene) elementos que no son los de una verdadera democracia, como los capítulos sobre las Fuerzas Armadas, el Consejo de Seguridad Nacional, la susidiariedad del Estado en la educación, etc. Bueno, lo mismo podemos decir de la “Constitución” de 1833, que en verdad es una pseudoconstitución. Igual que la del 80, se crea tras un golpe de estado y una dictadura, a puertas cerradas y en una Gran Convención donde no existe oposición. Su resultado: un texto que a simple vista parece aceptable, pero que analizado con detención nos muestra que no es más que una justificación “legalizada” de la represión y la acción ilegítima de los gobiernos conservadores. A modo de chiste, suelo decir que Mariano Egaña, el inspirador de esta “leyezuela”, se reencarnó en Jaime Guzmán, como para hacer un paralelo entre sus vidas y sus obras.

En primer término, le otorga al Presidente un poder extraordinario frente al Congreso. Entre otras cosas, le permite intervenir en las elecciones legislativas, lo cual no es otra cosa que anular a la oposición y crear un régimen monopartidista que le garantizara una obediencia ciega a sus pretensiones. ¿Y así se quiere formar una democracia? ¿No era algo parecido a ello la existencia de los < i>senadores designados en la seudoconstitución del 80? Menos mal que se eliminó esa mancha de nuestra institucionalidad. Ahí vemos que la vocación democrática de nuestras élites no es más que un discurso que no cuadra con las verdaderas intenciones y con sus prácticas.

Otro hecho que revela lo dictatorial y lo antidemocrático de este período es la intolerancia que se demostró tanto a nivel ideológico como político. La seudoconstitución de 1833 proclamaba a la iglesia Católica como la oficial del Estado, prohibiéndose el ejercicio público de otras. Esto se tradujo en grave persecución contra otras iglesias y contra grupos contrarios a ella, como la masonería. También hubo represión a personas e instituciones que querían que se terminara de una vez con la tiranía y la represión. No tenemos para qué hablar de la Sociedad de la Igualdad, conocida por muchos de nosotros a través del libro “Martín Rivas” de Alberto Blest, que fue disuelta y sus miembros perseguidos, apresados y torturados por los esbirros de la dictadura. La censura alcanzó niveles increíbles, casi iguales a los del tiempo de Pinochet. Muchos liberales y radicales de renombre, como José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Benjamín Vicuña Mackenna, entre otros, fueron perseguidos como delincuentes por los gobiernos de Bulnes y Montt, igual como décadas más tarde lo fueron miles de chilenos en la larga noche de la dictadura militar del 73. Hubo dos grandes revoluciones, en 1851 y 1859, las dos fracasaron y en ambas hubo una fuerte y brutal represión a continuación.

No se trata aquí de comparar la República Autoritaria con el Gobierno Militar, pero tal parece que la historia se repite. En ambas hubo muerte, tortura, exilio y silencio. En ambas el derecho a disentir fue conculcado de manera atroz. Pero lo más triste es que las dos terminaron pacíficamente, sin una clara victoria de los buenos sobre los malos. La República Autoritaria termina en 1861, con la elección de José Joaquín Pérez, quien reemplazó al delfín de Montt, Antonio Varas, quien seguramente si salía presidente agregaba otra década de dolor para el país. La dictadura militar de Pinochet se parece, ya que, plebiscitos de 1988 y 1989 mediante, se produce la “transición” a la “democracia”. Pero ¿puede decirse que verdaderamente fue el final de una tragedia? Manuel Montt, una vez dejado el poder, se convirtió en presidente de la Corte Suprema, igual que Pinochet quien se mantuvo en la comandancia en jefe del Ejército hasta 1998 y luego se convirtió en senador vitalicio (renunció en 2002). En ambos casos se mantuvo la base legal del regimen, aunque se le han hecho reformas que no obstante no alcanzan para una verdadera transformación. O sea, como dijo Aylwin, “la justicia en la medida de lo posible”.

Bueno, no tengo tiempo para agregar más cosas. Mucho se ha escrito ya de este período negro de nuestra historia. Si algo se me pasó, lo trataré más adelante. Sólo quería dar mi opinión: que la República Autoritaria (1829-1861) fue en verdad una dictadura que impuso el terror y la opresión, o sea “el peso de la noche”.


BIBLIOGRAFÍA

1. Eric Palma, “¿Gobierno portaliano o gobierno conservador autoritario?: de los mecanismos constitucionales para garantizar la eficacia del ejercicio del poder en la constitución de 1833”, en Revista de Derecho Universidad Austral de Chile, Vol. XIII, diciembre 2002, pp. 45-64. En http://mingaonline.uach.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-09502002000100004&lng=es&nrm=iso

2. Biografía de Diego Portales: http://www.brp.cl/Portales.html

3. Christian Oros, “Estado y espada en el Chile del siglo XIX”, en monografías.com: http://www.monografias.com/trabajos19/estado-y-espada/estado-y-espada.shtml

4. “La dictadura militar y el juicio de la Historia”. Tercer Manifiesto de Historiadores. En: http://www.universidadarcis.cl/v2.0/docs/manifiesto_historia_pinochet.pdf

5. Luis Vitale, “Historia de la censura en Chile”, en http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/lb/filosofia_y_humanidades/vitale/obras/sys/bchi/g.pdf

6. Renato Garín, “La sociedad civil y el peso de la noche, en II Congreso de Derecho y Teoría Constitucional, en http://www.congreso.uchile.cl/congresos/htdocs/trabajos%20congreso/Garin.pdf

7. Sebastián Jans, “Iglesia y Masonería en el siglo XIX en Chile”, en: http://www.geocities.com/sebastianjans/ponencia1.htm

8. Juan Carlos Gómez, “El reencuentro de Chile con su historia”, en: http://www.piensachile.com/content/view/171/5/

Tags: historia, chile, democracia, dictadura, interpretación, autoritario, reescribir

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