Hasta el año pasado, era un estudiante de los que llaman "hijitos de papá". Es decir, vivía a costilla de lo que papá y mamá me entregaban. Sólo me dedicaba a estudiar y hacer vida universitaria. No hacía ningún trabajo, no me ganaba ni un peso con el sudor de mi frente. Era, en estricto rigor, un "mamón". Sólo le generaba gastos y molestias a mi familia, y a cambio sólo entregaba un bien simbólico, que era aprobar los ramos, cosa que muchas veces no logré.
Vivía como los pajaritos, sin pensar que existía otra gente en el mundo (ahora sigo viviendo así, pero al menos me doy cuenta), sin haber sido lo suficientemente agradecido de esa vida. No me había dado cuenta de que, comparado con muchos compañeros de esa "clase media" a la cual creo pertenecer, vivía a cuerpo de rey. No tenía que tomar el Transfracaso para llegar a la Escuela, ni tenía que andar preocupándome de comprar comida o detergente, podía darme algunos lujos... no era capaz (o no quería enterarme) de compañeros que tenían que levantarse antes del amanecer para agarrar un micro que los llevara a la U; de compañeras que son madres y deben alternarse entre los libros y la crianza; de aquellos jóvenes que trabajaban, no para agarrar experiencia o tener unas luquitas más, sino porque realmente su situación es apremiante. ¡Y yo me decía de clase media! con mi vagancia estaba más cerca de los cuicos de mi escuela, esos que no bajaban de Plaza Baquedano y que viven en opulencia y lujos.
Lo que me hizo cambiar fue una conversación con mi papá. Ahí me planteó la idea de que en el verano hiciera una "peguita", más que nada para conocer cómo se movía el mundo del Derecho, que es el que viviré cuando -ojalá- me titule. No me lo planteó porque la situación fuese mala o por hacerme sentir culpable frente a la situación de mis compañeros de clase (social). Pero fue en eso último en lo que pensé. ¿con qué moral, me decía, podía llamarme "de clase media" si de ellos yo era el único que "se las tiraba" mientras ellos sufrían con cumplir con dos deberes a la vez? La verdad, me llegaba a dar vergüenza mi situación. Estudiando en una universidad que se dice formadora de personas de contribuyen a la sociedad, parecía alumno de una escuela "cota mil".
Ahí me decidí. Tenía que ponerme a trabajar, aunque fuera de portero del juzgado de policía local de mi ciudad. Así que me dediqué a ello. Hice un currículum (mis papás lo hallaron terrible de malo al principio, pero luego lo mejoré
, cuando me vine a Linares llevé mi terno y mi corbata, me conseguí un certificado de alumno regular, etc. Todo con el objeto de que hubiese aunque fuera un puestecito en alguna oficina de mi ciudad.
Pero llegué a Linares y la realidad era otra. Yo me había acostumbrado a la realidad de Santiago, esa que habla de grandes estudios jurídicos que tienen un staff de abogados especializados ayudados por un buen número de "procuradores", que es como llaman allá a los estudiantes que hacen carrera cuando no se han titulado. Estos procuradores hacen muchas cosas, entre ellas ir a los juzgados a ver cómo avanzan las causas que defienden sus jefes. En cambio, en Linares las cosas pasan de otro modo. Acá todavía predominan los abogados "solitarios", aunque ya hay algunos estudios de dos o más profesionales. Además, acá acostumbran los juristas a ir personalmente a ver sus causas, o mandan a sus secretarios u otros funcionarios, atendido a que en Linares no hay escuela de derecho (1) y, por tanto, no hay estudiantes de derecho disponibles que hagan las veces de procuradores. Esa costumbre no se pierde durante el verano, por eso es que al llegar a mi ciudad no encontré avisos del estilo de "se necesita procurador", "se busca estudiante de derecho", u otros parecidos. Y eso que anduve dando vueltas por todo Linares.
Ahí apareció la "mano salvadora" de mi papá. Resulta que él conocía a un juez de la ciudad (cuyo nombre no daré para no crearme ni crearle problemas) que podía acceder a que estuviera en su tribunal por algún tiempo. Fui a conversar con el magistrado y logré que me aceptara como "funcionario pasante", es decir, que iba a estar como colaborador externo al tribunal. De más está decir que no cobré un solo peso, es decir, no fui un costo para el Estado. Aleluya. Por fin iba a ser alguien útil a la sociedad, aunque fuera por unos cuantos días.
Y bueno, llegó el día en que me puse a trabajar. Me levanté temprano, me puse mi terno, mi corbata y salí a cumplir con mi nueva obligación. En ese momento, sentí que daba un paso, muy importante por lo demás, que me llevaba desde la niñez hacia la adultez (considerando que voy bastantes pasos más atrás que el promedio de mis coetáneos). Llegué al recinto, me presenté y comencé mi tarea. Fue como si hubiese estado desde siempre allí. Quizás por mi experiencia previa como estudiante, por mis visitas de clínica, por mi curiosidad.
¿Cómo califico mi experiencia en el tribunal? La considero muy buena. En verdad. Creo que ahí aprendí muchas cosas que no se enseñan en las aulas. Asimismo, me sirvió para recordar otras que sí aprendí en clases y para refrescar otras que creía olvidadas. Me acordé de plazos, de formalidades que hay que cumplir, de actuaciones, etc. Los versados en Derecho me van a entender. Pero aprendí otras cosas aparte de lo estrictamente jurídico.
Una de las cosas que aprendí allá (aunque lo sospechaba desde hace tiempo) es la enorme diferencia entre lo que el texto de la ley dice y lo que en la realidad ocurre. No quiero decir con esto que la ley sea letra muerta como algunos dicen. Es que muchas veces el texto legal es difícil de entender y se debe recurrir al sentido común (cosa extraña en un mundo tan aferrado al legalismo como lo es el área jurídica) o a la costumbre (tan odiada y vilipendiada por el legislador). Esto, que pareciera poco profesional, ocurre hasta en los tribunales más encopetados. Y esto se debe, a mi juicio, a que quienes hacen el trabajo legislativo se entrampan en tecnicismos y métodos muy intrincados, olvidando que la ley y la justicia están al servicio de las personas y sus problemas para simplificarlos y solucionarlos.
Otra cosa que aprendí fue la gran diferencia que hay en el trato entre las personas cuando uno está en Linares que cuando se está en una gran ciudad como Santiago. En mi ciudad natal, la gente es más sencilla, se ostenta menos, y la gente tiende a tener mejor relación entre sí a pesar de la diferencia social o de educación (igual hay problemas, pero es obvio que no todo es perfecto). Quizás porque en Linares no se estilan las cosas en grande como en Santiago, o porque no existe la abismante diferencia social que marca a la capital, pero en la ciudad donde estudio se notan mucho más las diferencias, y hay una tendencia a formar "guetos" sociales (bastará leer la columna del padre Berríos para entenderme, al menos en el plano de la educación superior... pero eso era un secreto a voces). Tanto en Linares como en Santiago hay similares grupos sociales, pero la relación es muy distinta.
También, aprendí que un tribunal no sólo lo hace su juez. Eso, que parece tan obvio para los que estudiamos Leyes, no lo parece tan así para el resto de la gente, y pareciera que se nos olvidara a los leguleyos conforme avanzamos en los cursos, ya que se pone muy abstracta la cosa, con conceptos y materia que pareciera flotar "en el aire", sin pensar que el Derecho existe en la vida real, que a veces hay conflictos en donde interviene ¿y dónde se solucionan esos conflictos? obvio, en los tribunales. Y uno tiende a pensar entonces que el juez es un mago, que tiene una varita mágica en forma de mazo de madera por la cual hace aparecer de la nada una solución al conflicto y, de paso, lo hace desaparecer a éste.
Pero el juez es un ciudadano igual a nosotros, sólo que con la autoridad de resolver conflictos jurídicos. Y a veces se le pide más de lo que puede dar. Es ahí cuando entran en escena los otros integrantes del juzgado. Personas anónimas, que permiten que la labor judicial pueda transcurrir pese a las limitaciones propias de la actividad jurídica. Sin ellos, quizás los juzgados colapsarían, ya que los jueces deberían resolverlo prácticamente todo. Desde los fallos hasta las cuestiones de mero trámite. Y así no se puede avanzar. Entonces, los funcionarios intervienen ahí, actuando como vigilantes de que el Derecho se cumpla, y en parte hacen el trabajo que el juez, por razones de tiempo y prioridades, no puede hacer. En todo caso, el juez sigue teniendo un poder de supervigilancia para que no se pierda el espíritu propio de la judicatura, es decir, lograr la aplicación correcta del Derecho.
Y aprendí un poco a ser responsable. A lo mejor esto debí aprenderlo antes, cuando estudiaba. Pero bueno, nunca es tarde para aprender. Aprendí a hacer bien mi trabajo, a no dilatar más de la cuenta, a levantarme temprano (que vaya que me cuesta) y a cumplir con horarios. No sé si me haya graduado de “adulto”, creo que me falta mucho para eso, pero al menos di un paso importante en esa dirección. También, me he dado cuenta que cuando se ayuda hay una enorme satisfacción. En términos simples, durante un mes pude ser realmente útil a la sociedad... y pude sacarme esa idea de que soy una carga social.
Una reflexión antes de terminar: tal como lo dije antes, el poder judicial no lo hace sólo los jueces. Me referí a la labor de los funcionarios anteriormente, pero creo que también la gente común, especialmente la que recurre a los órganos de jurisdicción para reclamar por sus derechos, debe poner de su parte para que la cosa funcione. Muchos reclamos se han realizado y se siguen realizando en contra de las instituciones judiciales por muchos motivos: su lentitud, su burocracia, su a veces excesiva indulgencia con los delincuentes, etc. Si bien puedo entender que esos reclamos tienen asidero, y que muchas cosas deben ser cambiadas, tampoco es menos cierto que la sociedad tiene un deber de comprensión de la labor judicial. Todos, tanto los que componen la judicatura como quienes estamos afuera, tenemos que pensar cómo hacer mejor esta importante labor, ya que una justicia que funciona permite que haya paz social, que se respeten los derechos de las personas y grupos, y que en definitiva el mundo sea un lugar mejor.
(1) En realidad, hubo una escuela de Derecho en Linares. Se inauguró en 2004 y pertenecía a la Universidad La República, pero en 2008 esta casa de estudios quebró, pasando sus sedes a la Universidad Pedro de Valdivia, que decidió cerrar la sede Linares por falta de recursos y expectativas.
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