He vuelto a este blog. Lo he dejado muy botado (ya son casi 5 meses), ya que estoy preparándome para mi examen de licenciatura, el temido examen que es – para buena parte de los estudiantes de leyes – la valla más difícil de superar. Si bien mi intención era estudiar y trabajar a la vez, con el tiempo me di cuenta que, por razones de índole sicológica y de malos hábitos, tendría que dedicarme sólo al estudio, postergando una vez más mi ingreso a la vida “adulta” (y de paso, seguir “clavado” al presupuesto familiar un par de años más).
Bueno, no quiero latearlos (aburrirlos, en chileno) y me referiré, como debería ser obvio para alguien de Chile, a la tragedia que golpeó a mi país una madrugada de sábado al final del mes de febrero. Una desgracia que, aunque la frase cliché diga que debíamos estar atentos, que éramos un país sísmico, no fuimos lo suficientemente cautos para prever y estar preparados a enfrentarla. Un movimiento que literalmente nos botó al suelo, y que reveló cuánto de nosotros era en verdad un “edificio” y cuánto era una mera “escenografía”. Sólo quisiera expresar mi visión personal de los hechos.
Ese 27 de febrero estaba en mi casa de Linares,y me había ido a acostar pasadas las 2 de la mañana luego de estar en el computador. Dormía plácidamente cuando el remezón me despertó. Estaba acostumbrado a sentir temblores en Santiago, mas no en Linares, pero al principio no le tomé mucha atención y pensé que era un temblor más. Pero cuando aumentó su fuerza quedé pasmado, no me movía de mi cama, mientras las cosas se movían y caían en la pieza. Y si bien mi casa no sufrió casi ningún daño (sólo una lámpara que se cayó), en un momento llegué a pensar que el segundo piso, que era donde yo estaba, se iba a salir de su lugar y se iba a caer.
Pasado el susto, bajé a reunirme con mi familia.Al principio, no había noticias ya que la electricidad y las comunicaciones estaban cortadas. Sólo por medio de la radio del vehículo familiar empezamos a enterarnos de lo que ocurría. A esa hora, al no haber radios funcionando, pudimos captar señales radiales desde Argentina, que informaban sobre lo ocurrido en Chile, retransmitiendo la señal de TVN que detallaba al mundo lo que estaba pasando. A esa hora, me pasaba “películas” como que estábamos peor que Haití, que habían miles de muertos, pero en el fondo deseaba que no hubiera sido tan grave, que ojalá el epicentro hubiese estado cerca de donde estábamos.
Al día siguiente, cuando el desorden todavía reinaba en la casa, pudimos recibir las primeras noticias del desastre. Ahí mis pesadillas se hicieron realidad. Y qué digo realidad, si ésta superó a laficción.
Recuerdo que logré contactarme por internet dos días después en el Hospital de mi ciudad (uno de los dos de la Región del Maule que no quedó inservible tras el temblor), y al principio no podía creer lo queveía en los portales… en mi ciudad la habíamos sacado barata en comparación con los habitantes de la costa. Pueblos enteros arrasados por el maremoto, familias enteras que fueron borradas de la faz de la tierra… también me acuerdo del título de un reportaje que vi en la web, cuyo título era “Chile estaba preparado, Haití no” (1), donde resaltaban las diferencias entre ambos países a la hora de afrontar sus respectivas tragedias. Ahora que ha pasado el tiempo, y viendo no sólo el grado de destrucción quedejó la catástrofe del 27 de febrero, en comparación con la del 12 de enero en el país caribeño, me suelo cuestionar el título de ese artículo. A lo mejor estábamos preparados para enfrentar un sismo como el de Haití, pero el que vivimos esa madrugada rompió récordes, tanto de fuerza como de improvisación. A mi parecer, hay ciudades como Constitución, que deben estar peor que Puerto Príncipe. Sin exageración. Por lo menos a la capital haitiana no le llegó una ola de 20 metros encima y le llevó 300 personas.
Y este temblor también nos golpeó adentro de cada uno de nosotros. A mí también. Por ejemplo, la palabra “generosidad” no figura en mi diccionario de uso cotidiano, suelo encerrarme en mi mundo y no acoger a los demás. Sin embargo, lo vivido esa noche me hizo cuestionar un poco mi actitud. Primero, porque comparado con lo que vivieron en la costa maulina o penquista, fui un afortunado. En mi propia ciudad hubo casas que cayeron, hubo víctimas, una de sus iglesias más emblemáticas (el Corazón de María, monumento histórico) quedó con una de sus columnas inclinada, desparecieron edificios emblemáticos (ej: colegio de la Providencia), la historia de la urbe quedó gravemente dañada. Y sin embargo, la mayor parte de los linarenses se sobrepuso a la desgracia, cosa que no podemos decir de gran parte de nuestros vecinos, que a dos meses siguen heridos y en estado de desastre. Talca, por ejemplo, que perdió su hospital (cuestionado y todo, pero siempre necesario), o Parral, que además de su hospital perdió la mitad de sus casas.
En segundo término, creo que nos ha remecido la propia experiencia del desastre. Hasta ahora, las desgracias las había visto de lejos. Para el terremoto de 2005 en Tarapacá, para el de 2007 en Tocopilla, para la erupción del Chaitén en 2008, no estaba ahí, estaba en mi casa de Santiago y me enteré por los medios. Pero para el cataclismo de febrero estuve ahí. Y estuvo ahí el 80% de los chilenos. El mar se levantó desde Coquimbo por el norte hasta Corral por el sur. El remezón se sintió entre Antofagasta y Puerto Montt, lugares tan alejados del epicentro, como Viña del Mar, Villarrica, Valdivia, la misma capital del país, sufrieron los estragos del terremoto. Ya no era el luto por una ciudad aislada o una zona particular, era duelo por gran parte del país y sus habitantes.
Y tercero, y esto es más personal, la tragedia tuvo su mayor grado de destrucción en la costa central de Chile, con el maremoto sumado al terremoto inicial. La ola arrasó con Pichilemu, Iloca, Constitución,Pelluhue, Curanipe, Buchupureo, Cobquecura, Dichato, Talcahuano, entre otros. Y los que menciono son lugares en los que estuve alguna vez, sea vacacionando o paseando o visitando a alguien… Mariscadero, un balneario que varias veces recorrí, hoy ya no existe. Constitución, esa ciudad que me gustaba visitar cuando niño, ha quedado mortalmente herida, con su playa Los Gringos y sus restoranes tragados por el mar. Dormí un par de noches en Dichato en una casa, que al parecer también desapareció junto con casi la totalidad del pueblo. De Caleta Loanco sólo se salvó el Faro de Cabo Carranza. Como dije antes, estuve ahí, y donde hoy sólo hay ruinas y muerte, alguna vez mis pies pisaron su suelo. Creo que fue por esto último que me dio un arrebato de generosidad, y quise ayudar mucho más en ese momento de lo que lo había hecho en mucho tiempo (aunque ahora no lo he hecho tanto como quisiera).
Pero si el terremoto me remeció como persona, como país nos botó la fachada, literal o simbólicamente. Muchas verdades no confirmadas se comprobaron. El oropel con que se cubría parte de nuestra infraestructura se desprendió. A propósito del artículo comparando a Chile con Haití fue que cuestioné su tesis, pero con el correr de los tiempos la duda se ha agigantado en mí. ¿Cuántas vidas pudieron haberse salvado si los organismos gubernamentales no se hubiesen descoordinado tan groseramente? ¿Por qué ese afán de no querer ver la realidad pura y dura y reconocer las debilidades? ¿Quénos pasó que edificios nuevos, que supuestamente debiesen aguantar un sismo como éste se rompieran y dejaran a familias sin casa o sin seres queridos?¿Quién tiene la culpa de esto, la misma gente, las autoridades, o todos somos responsables? ¿O esto no estaba en los cálculos de nadie? (2)
Hoy, a más de dos meses desde la trágica madrugada, y luego de ver lo más bello y también lo más feo de nosotros, hay mucho que hacer. Reconstruir, desde luego, pero hay que reconocer que en muchos casos simplemente no hay arreglo. Pronto surgirán las ideas para, por ejemplo, trasladar ciudades enteras a zonas más seguras (al estilo de lo que ocurre en Chaitén). También debemos pensar qué lecciones nos ha dejado este evento. Si fuera un médico, diría que a Chile le dio una apoplejía o un infarto cerebral, que lo ha dejado paralítico de un lado del cuerpo. De nosotros depende que ese lisiado pueda volver a caminar o se quede postrado.
Muchas vidas quedaron en el camino. Muchos sueños y fantasías o se perdieron para siempre o debieron reencauzarse. Yo soñaba con una universidad en Constitución y una autopista hacia esa ciudad, y con trasformar a Linares en una zona típica (una especie de segunda Santa Cruz). Ahora, tendré que esperanzarme en que la “Perla del Maule” volverá a renacer, que la playa Los Gringos volverá a ser el lugar de veraneo que tanto gustaba (ni se le ocurra al Enjoy construir un hotel ahí), que el ramal seguirá siendo el medio que nos lleve por tantos lugares… la U y la carretera vendrán después. Y que ojalá a los linarenses no les dé el arrebato de derrumbar a destajo y convertirnos en un Santiago chico, llenándonos de edificios y casas “modernas”, perdiendo la identidad adquirida. Me gustaría que los inmuebles que reemplacen lo derrumbado conserven el estilo de sus antecesores, y lo que se pueda salvar que se salve, porque Linares tiene su historia y no podemos borrarla así como así.
==============================
(1) El reportaje en cuestión lo escribió Frank Bajak, de la Agencia AP, y apareció en varias páginas. Por ejemplo, en el diario La Nación de Argentina: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1238481
(2) Hace unos pocos días salió un video donde se ve la descoordinación de las autoridades al enfrentar la catástrofe. Pueden verlo aquí: http://tele13.13.cl/noticias/nacional/15892.htm
Tags: terremoto, maremoto, desastre, vivencias, catástrofe, 27 de febrero