He vuelto tras varios meses de ausencia, estudiando (con intervalos de flojera, claro) para un examen de grado que se me viene encima y que no se ve fácil.
Escribo, era que no, con el tema que recorre mi país en estos momentos: el Bicentenario. Un Bicentenario que, viéndolo ahora y recordando cómo lo imaginábamos hace 10 años, me parece muy deslavado. Y no quiero ser “chaquetero” ni renegar de mi origen, pero nuestro país tiene mucho más recursos que hace 100 años y, sin embargo, hicimos algunas obras destacadas. Basta darse una vuelta por el Parque Forestal de Santiago, llegar al Palacio de Bellas Artes de ahí, y lo que nos cuenta la Historia. Hoy, no veo grandes festejos ni grandes obras. No hay una Exposición Universal, ni unos Juegos Olímpicos Alternativos, ni un edificio nuevo. ¿La remodelación del Nacional? Ese estadio se construyó en 1938. ¿El Centro Cultural Gabriela Mistral? Ése era el Diego Portales, que fue la sede de la cumbre UNCTAD de 1971 y que sólo fue remodelado tras el incendio de hace 4 años. En verdad, ha sido una fiesta muy deslucida, no distinta de otras anteriores. A lo mejor deberemos esperar, o festejar desde ahora hasta el 2018, cuando celebremos, pero efectivamente, 200 años de Independencia.
Bueno, a lo mejor estoy siendo un tanto injusto. El 2010 ha sido un año malo para Chile. Un terremoto y maremoto que destruyeron medio país, un accidente que mantiene a 33 trabajadores atrapados en un pique, han sido tragedias que nos han enlutado y que todavía nos tienen de capa caída. Claro, en 1910 el presidente de esa época (Pedro Montt) había fallecido un mes antes de las fiestas y el vicepresidente que lo reemplazaba (Elías Fernández) también “paró las patas” cuando faltaba muy poco. Pero eso es nada comparado con lo de febrero. Pero para el Bicentenario tuvimos una larga década para preparar algo que estuviese a la altura de lo que se venía. Pero nos fallaron todas las obras, por uno u otro motivo (ej.: Parque Bicentenario en el ex aeropuerto de Cerrillos) y, para colmo, quedamos con una muy mala imagen tras el cataclismo, siendo que Chile era un país con experiencia en sismos.
Pero quiero hablar de otros temas, que no son suficientemente tocados, y que creo que son importantes de tratar para entender el momento que vive Chile en este “año jubilar” que nos tocó vivir.
Un “Valdés Canje” para el Bicentenario
El anterior Centenario fue tomado como una oportunidad para demostrar al mundo la madurez política y económica a la que había llegado Chile a esa fecha. De ahí que se hicieran todas estas obras de las que hablé antes, y la fiesta fuese con bastante boato. Una forma de festejar la “mayoría de edad” de nuestro país en el concierto internacional. No obstante, surgió una serie de pensadores que cuestionaban todo este festejo y hacían ver que, tras toda esta parafernalia, se ocultaba una dramática situación social surgida en los últimos años. Personajes como Nicolás Palacios, Tancredo Pinochet, Enrique Mac Iver, Luis Emilio Recabarren, etc., fueron quienes sacaron a la luz pública esto que fue conocido como la “Cuestión Social”, y que fueron el primer paso hacia la era progresista que se iniciaría en 1925.
Pero quien sin duda se robó la película con su obra fue el profesor Alejandro Venegas, quien con el seudónimo de Julio Valdés Canje, escribe una serie de cartas a quien era candidato a presidente, don Ramón Barros Luco. Estas cartas se convirtieron en un libro llamado Sinceridad: Chile Íntimo en 1910[1]. Estas misivas fueron como una “bomba” en medio del festejo, por revelar a la opinión pública los graves males que vivía el país y que eran ignorados, cuando no silenciados, para no afectar la imagen. Valdés Canje (Venegas) repartió además acusaciones a cada una de las instituciones de la sociedad nacional, algunas de ellas muy virulentas. La reacción no se hizo esperar y Valdés Canje fue “desterrado” socialmente, obligándose a un auto-ostracismo. Pero quedará en la Historia por su hazaña, pues hizo vernos a los chilenos tal cual éramos en esa época, sin los oropeles con que nos queríamos disfrazar esa vez[2].
Bueno, 100 años después, uno lee de nuevo las páginas de ese libro y la verdad es que no hemos cambiado mucho. Varios de los problemas que Valdés Canje nos resumía en sus cartas se han vuelto a repetir a lo largo de nuestra historia reciente. Las diferencias sociales, el descrédito de la política, los vaivenes de nuestra economía, han sido el mismo problema en 1910 y en el 2010. Hay párrafos, como el referido a la prensa, que si uno los leyera sin saber de dónde sale el texto podría pensar que es una crítica al modelo actual de medios de comunicación[3].
La preguna sale de inmediato cuando hablamos de este autor ¿Puede o podría haber una suerte de “Julio Valdés Canje” que pudiera arruinar esta fiesta bicentenaria? A mi parecer, un hecho como el que hiciera el profesor Venegas ya no podría volver a ocurrir, o si ocurriere, no tendría el mismo impacto que tuvo. Razones son varias, pero citaré sólo algunas.
Primero, porque desde el Centenario al Bicentenario las comunicaciones y sus medios han avanzado un montón. En la época de Valdés Canje los medios principales eran la prensa, el telégrafo o el correo (el teléfono recién entraba). Imprimir un libro no era tarea fácil, y como decía el propio autor, se perdía mucho tiempo haciendo obras de dudoso aporte. Súmese a eso el grave problema de analfabetismo en que se sumía la gran mayoría de los chilenos, y veremos que lo que hizo el señor Venegas fue una proeza. Hoy en cambio, los costos de producir medios se han abaratado grandemente, sumándose otros como la televisión e internet. Y existe mayor cantidad de medios de distintas tendencias, izquierda, centro derecha... muchos de los problemas denunciados en el libro que menciono no eran de público conocimiento, o eran derechamente ocultados a la ciudadanía, mientras que hoy los medios constantemente están buscando escudriñar en los temas que afectan a nuestra sociedad.
Por lo mismo, hoy no es novedad anunciar la existencia de graves problemas que afectan al país, como la mala calidad de la educación, de los servicios públicos, los conflictos político-sociales, etc. Además, a diferencia de 1910, la población chilena en su gran mayoría (o casi totalidad) sabe a lo menos leer y escribir, por lo que el mensaje de esto puede llegar a mucha más gente. A lo mejor, si Alejandro Venegas hubiera publicado su libro hoy, no tendría tanta atención, sería uno más de esos “pensadores de Chile” que de tanto en tanto llenan las páginas de nuestros periódicos con sus cuestionamientos y propuestas, pero quizás sería más eficaz. O no.
Es justo repetir que Valdés Canje (Venegas) no estaba solo en su intento. Ya mencioné los casos de Palacios y Pinochet Lebrun. Hoy en día existe mucha más “masa crítica” que ha estudiado y analizado nuestros problemas sociales y ha propuesto soluciones a ellos. En la izquierda o en la derecha, aunque los primeros suelen ser más mordaces. Si bien se mezcla el análisis con la crítica hacia el otro bando (pasándose la pelota unos a otros), la verdad es que ya a pocos puede sorprender la cantidad de males que aqueja al país y que ya nadie se molesta en ocultar. A lo mejor habrá otros peores que sí son desconocidos para nosotros y la atención nos es desviada en los pequeños dilemas que tenemos.
Resumiendo: el escenario de hoy es paradójico si “Sinceridad...” estuviese circulando con los problemas de hoy. No tendría el mismo impacto que tuvo cuando se publicó, pero hubiera llegado a más gente, como lo está haciendo hoy día.
¿Qué es la “chilenidad”?
Y hablando de crítica a Chile, no olvidemos la situación de los mapuches que están en huelga de hambre hace varios días. Si bien el actual gobierno ha cedido a algunas de sus peticiones, como reformar la justicia militar y la legislación antiterrorista, esto es tan sólo un pequeño detalle dentro del grave y eterno conflicto entre el Estado chileno y los pueblos aborígenes de nuestra tierra, que pasa no sólo por el tema de la discriminación o de tierras, sino del reconocimiento a su cultura y su integración en nuestra sociedad.
Y es que el problema se puede derivar a otro mucho más soterrado pero no por ello menos importante: el de nuestra identidad como país. ¿Somos lo que somos? ¿Somos lo que queremos ser? ¿No nos estaremos autoengañando? Esto puede llegar a cosas tan profundas acerca de si en verdad somos una “nación” en el sentido estricto de la palabra. Así como hay “naciones sin estado” ¿pueden haber “estados sin nación”? Y si esto fuese posible ¿será Chile uno de esos casos?
Un concepto de Nación, en su concepción sociológica, podría ser “comunidad humana con ciertas características culturales comunes, a las que dota de un sentido ético-político”[4]. También hay un concepto político, como el conjunto de sujetos que puebla un Estado. En realidad, el concepto de Nación es bastante complicado, puesto que hay empeño en hacer coincidir uno con otro, puesto que una diferencia, por nimia que sea, puede poner en riesgo la existencia misma del Estado.
Justamente, uno de los primeros problemas que debieron enfrentar las repúblicas hispanoamericanas tras su independencia del Imperio Español fue el de definirse en su propia identidad frente al ex dominador y ante sus “hermanas”. Hasta antes de ello, todos quienes formaban parte de Las Indias se autopercibían como “españoles”, pese a las diferencias geográficas o étnicas entre unos y otros. Lo que nació como una forma de proteger estos dominios para el rey Fernando VII, prisionero de Napoleón, o como una “volada” de unos pocos idealistas, pronto se convirtió en un imperativo de supervivencia.
Chile no estuvo ajeno a estos avatares, pero puso el foco en otra meta. En vez de acentuar elementos propios, nuestras elites del siglo XIX quisieron dar al país una identidad más acorde con los cánones que regían a Europa en esos momentos, dado que eran los países del Viejo Mundo los que marcaban la pauta en cuanto a avances científicos, artísticos, filosóficos, etc. Por ello, no es extraña la presencia de connotados personajes como Nataniel Cox, Lorenzo Sazié, Alejandro Cicarelli, Andrés Bello, por sólo nombrar algunos. También, ello conllevaba un pensamiento desvalorizador de la cultura local, especialmente el elemento indígena[5]. Sin embargo, el desarrollo de la sociedad local, la relación con los países vecinos, hicieron surgir la necesidad de que Chile tuviera una identidad propia, a pesar de la vocación europeísta. Fue una necesidad forzada, por cierto.
Un historiador, Mario Góngora, sostiene una tesis bastante particular en su libro La Noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Al iniciar este ensayo, suelta su famosa frase que sirve de base para su investigación: “Esos sentimientos me han forzado a mirar y a reflexionar sobre la noción de Estado, tal como se ha dado en Chile, donde el Estado es la matriz de la nacionalidad: la nación no existiría sin el Estado, que la ha configurado a lo largo de los siglos XIX y XX”[6]. Esto representa una realidad contraria a la tendencia general, que concibe al Estado como un producto de la Nación, como la Nación jurídicamente organizada[7]. Lo cierto es que Góngora acierta en que la realidad chilena está muy determinada por lo que hace la elite desde y por el Estado. Y es a través de éste que se genera la identidad nacional. Las gestas bélicas, los actos cívicos, la educación, han sido instrumentos para dotar a Chile de una nación de la que se veía ausente.
Pero claro, Chile es un país eminentemente centralista, tanto en lo político como en lo cultural. Nuestra clase dirigente surge de las actividades agrícolas, del campo. Y la capital, Santiago, se halla en medio de la Zona Central, a la cual también podemos llamar la “Zona Huasa”, que se extiende desde el Elqui hasta el Biobío. De ahí surgen las figuras del huaso, la china, las casas de adobe, la cazuela, etc. Y como una Nación debe tener un sustrato cultural propio, era obvio que se iba a tomar este modelo como “lo nacional”. En otros términos, se identificó lo chileno con lo huaso. La chilenidad nace en y para la Zona Central. Esto pudiera estar bien para una época en que el país se desarrollaba dentro del ámbito de la zona central y donde las otras expresiones culturales eran marginales. Pero hoy Chile es otro, es una país más diverso culturalmente, debido a variados factores (guerras, expansiones territoriales, tomas de posesión, etc.). Ya no solamente tenemos al Chile huaso, también tenemos el Norte desértico y minero, el Sur húmedo, Chiloé y su cultura peculiar, Magallanes y su aislamiento, Isla de Pascua. Y, era obvio, nuestros indígenas. Sin embargo, seguimos pensando que Chile es sinónimo de Huaso, y pretendemos estirar esa idea a las demás culturas regionales (que no nacionales). Pese a que nuestro baile nacional, la cueca, tiene versiones distintas (hay cueca nortina, porteña, santiaguina, chilota) se sigue prefiriendo bailarla vestido de huaso para las Fiestas Patrias, y se baila así de Arica a Magallanes, lo que provoca cierto malestar en las zonas que no se hallan identificadas con esa identidad, lo que agrava el problema del centralismo y la relación entre estas regiones y el poder central[8].
Esto pude parecer poco importante, pero en otros países ha creado conflictos de gravedad. Sólo pensemos en el caso de Yugoslavia, una unión de nacionalidades eslavas que se vieron enfrentadas a diferencias culturales y religiosas y a la intención homogeneizadora que quiso imponer Serbia a las demás nacionalidades (croatas, bosnios, eslovenos, etc.) y que terminó en guerras sangrientas. En el presente, el ejemplo de España es el que nos toca más de cerca, donde las nacionalidades catalana, vasca, gallega u otras han debido enfrentarse a un estado al que identifican como una “Castilla expandida”[9]. También podríamos citar a Bolivia y su eterna disputa entre los “cambas” del oriente y los “collas” del altiplano[10].
Chile, como lo dije antes, ya no es un país homogéneo culturalmente. El elemento indígena ha pasado a ser una cuestión importante en nuestra vida social, no sólo por el Conflicto Mapuche, sino también por la presencia de pueblos como los aymaras, los rapanui, etc. El choque con el chileno occidentalizado es más evidente y, por tanto, ha sido mayormente tratado tanto a nivel público como privado, llevando a crearse la legislación adecuada, pese a las resistencias de orden político y cultural que han ripiado este camino[11]. Pero ese conflicto oculta otro, el que hay entre la “cultura huasa” y las periféricas, por poner un nombre. Porque no podemos pensar en Magallanes como si fuera lo mismo que el valle de Colchagua, ni Angol es igual a Curicó, que el habitante del desierto no puede hallarse igual al del Maule o Rancagua. Las diferencias entre las zonas suelen ser tan grandes que podríamos pensar en una suerte de “cuasinación” o una “nación en ciernes” en cada una de ellas. O en el caso de Chiloé, derechamente debemos hablar de una Nación chilota, distinta a la “nación chilena”, por su cultura tan particular como diferente a la del resto del país.
Hace algunos años me preguntaba por qué, si existe malestar por el centralismo, las manifestaciones de separatismo eran muy escasas y poco serias[12]. Pero hace pocos días circularon un par de cartas en un diario que me revelaron que no todo podría ser broma, y que llamaban la atención sobre una suerte de “sentimiento secesionista” que estaría madurando en la conciencia colectiva de los habitantes de regiones, especialmente las extremas. La primera hablaba de la existencia de “dos Chiles”, el de la capital y el de las demás regiones, y terminaba su exposición temiendo que la desidia del nivel central acabara en un camino separatista[13]. Otra carta, publicada al día siguiente, hizo una relación sucinta pero clara sobre la complejidad de intereses en el conflicto mapuche, que van desde la reivindicación social hasta derechamente la independencia[14]. A mi juicio, el conflicto mapuche puede ser la mecha que aliente a patagónicos, rapanuis, atacameños, etc. Quizá por eso la palabra “separatismo” sea un tabú.
Como vemos, el tema cultural no es sólo un asunto de interés de folcloristas o sociólogos, sino que incumbe también a la existencia misma del estado chileno. Es hora, pues, que veamos que la diversidad no es incompatible con la unidad, y que la uniformidad, sobre todo la impuesta, empobrece nuestra cultura.
¿Se acabó el Bicentenario?
Como dije antes, este Bicentenario tuvo más expectativas que resultados. Bastante sabor a poco nos ha dejado. La fiesta no fue tan distinta de otras anteriores. Mucho gesto simbólico, mucha conmemoración, pero faltó algo más contundente. La Torre Eiffel fue el gran adelanto para los 100 años de la Revolución Francesa. España conmemoró el medio siglo de la hazaña de Colón con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla.
Ya han pasado algunos días desde que se conmemoró el “jubileo” de nuestra fiesta nacional, y ronda en el ambiente la idea de que esto no puede terminar así. Que nos merecemos como país algo más, que hay mucho por hacer.
Incluso se apela a cierto rigorismo histórico para darnos una “segunda oportunidad” de celebración, ya que la Firma de la Independencia de Chile se produjo en 1818. Por lo tanto, debiéramos esperar hasta esa fecha para poder celebrar el verdadero Bicentenario de la Independencia.
Pero a mi parecer, no debiéramos fijarnos en hitos específicos para recordar quiénes somos y nuestras características. La Independencia de Chile no fue un punto de nuestra existencia, fue un proceso, una serie de hechos que llevaron a que el último rincón del Imperio se convirtiera en un sujeto más del concierto de estados. Que si fue una “volada” de unos iluminados, o fue una demostración de madurez cívica de las elites criollas, eso puede dejarse a la discusión. Pero ello nos demuestra que la Historia, con mayúscula, no es sólo una acumulación de hechos, sino un devenir del progreso humano, con sus errores y aciertos. Es una estela en la que los hechos individuales se vinculan e influyen mutuamente, como un tejido de cuerdas entrecruzadas.
A lo que voy: el Bicentenario debiéramos celebrarlo todo el tiempo entre 2010 y 2018. Aprovechar la oportunidad que tenemos de ahora en adelante para resolver nuestros problemas y hacer obras que de verdad llenen de orgullo a la comunidad. Dejar de hacer las cosas a medias y empezarlas a hacer bien. Llevar el nombre de Chile a los puestos más altos en todas las disciplinas. Iniciar un proceso de trasformación que deje atrás nuestras miserias y podamos potenciar al máximo lo mejor de nosotros. Y claro, hacer alguna obra o evento magno que pueda ser un verdadero hito. Y así, ya nadie tendrá que decir que para el Bicentenario “no hay nada que celebrar”[15].
Pero esto es un proceso, un proceso largo. Y que tiene sus costos. Lo importante es que con el Bicentenario entendamos que el progreso no es algo que se haga en un día, sino que es un modo de vivir que debemos adoptar como sociedad, como estado, si queremos ser lo que aspiramos ser.
Bueno, con esto termino esta columna, y con ello me despido por un tiempo del blog, para prepararme para mi examen. Si me va bien, les aviso, si no… bueno, perder es parte de la vida.
[1] Puede hallarse una copia en PDF en http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0027682.pdf.
[2] Alejandro Díaz: "Del Centenario al Bicentenario: recuerdos de una crítica social": http://www.alediaz.cl/del_centenario_al_bicentenario.pdf
[3] Cito algunas partes: "La prensa que en otros países desempeña un papel tan lucido en las luchas por el progreso social, es entre nosotros una cortesana vil que prodiga a la aristocracia sus interesadas lisonjas, halagando sus vanidades i encubriendo sus vicios (...) esceptuando unos cuantos nobles corazones estraviados, los periodistas son individuos ignorantes, fracasados de las aulas, sin carácter ni principios definidos, que escriben por la soldada i sobre cualquier materia (...) el periodismo, señor, en la forma que aquí lo tenemos es verdaderamente corruptor, i talvez a él, mas que a nadie, debemos la delincuencia desembozada de los de arriba i la ceguedad lastimosa de los de abajo (...) la inmoralidad de la prensa ha ido desarrollándose de una manera tan paulatina que no solo no nos hemos dado cuenta de la estension del mal, sino que nos hemos connaturalizado por completo con él".
[4] Obtenido de la Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Nación.
[5] BUSTAMANTE, Fabián, El violento proceso de construcción del Estado-Nación en Chile. Disponible en http://hablemosdehistoria.com/archivos/el-violento-proceso-de-construccion-del-estado-nacion-en-chile
[6] GÓNGORA, Mario. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, p. 59. En books.google.cl
[7] CARRÉ DE MALBERG, Raúl. Teoría General del Estado, p. 32. En books.google.cl
[8] Una queja vista con ojos “nortinos” la hallo en la columna de Damir Galaz Bicentenario en el Norte de Chile, ¿O la expresión del histórico centralismo?, en el diario electrónico El Morrocotudo: http://www.elmorrocotudo.cl/admin/render/noticia/26709.
Una “versión chilota” puede verse en la nota El Rodeo en Chiloé: un anacronismo del presente, de Dante Montiel, en Revista Enlinea: http://www.chiloeweb.com/chwb/suplementos/revista/cronicas/dan_mon_rodeo_chiloe.html
[9] Muchos autores sostienen que el nacionalismo español no es sino una versión “expansionista” del nacionalismo castellano. Véase PÉREZ, Joseph. Historia de España, p. 552 (en books.google.cl); MARTINEZ Cuadrado, Miguel. La Constitución de 1978 en la historia del constitucionalismo español, p. 70. (fragmento en books.google.cl).
[10] Hay un libro, que se llama ¿Somos los cambas una Nación sin Estado?, donde se expone esta relación desde el punto de vista de los “orientales” bolivianos (Link: http://www.nacioncamba.net/documentos/sin_estado.htm). La actitud tanto de los “altiplánicos” como de la clase política del país ha sido negar la existencia de esta “nación” y ver sus propósitos autonomistas como una maniobra de intervención extranjera (Artículo de Pere Roselló Falacia histórica de “la Nación Camba”, link: http://archivos.bolivia.indymedia.org/es/2004/06/9632.shtml) involucrando a veces a Chile (Artículo de Nestor Gorojowsky La secesión yugoslava, Chile y la “Nación Camba”, link: http://lists.econ.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/2006-September/042771.html).
[11] La innovación más importante ha sido la ley 19.253, que estableció un estatuto especial para los aborígenes chilenos y creó una agencia para resolver sus problemas. No obstante, el conflicto sigue vigente, sobre todo por la aspiración a que los indígenas tengan reconocimiento constitucional.
[12] Valdés Canje cita entre sus cartas la idea de una “República Salitrera” surgida en la población de Tarapacá debido al malestar por el abandono del gobierno central. Tampoco olvidemos la festiva “República Independiente de Magallanes”, los grupos que honran la Revolución Atacameña de 1859, o las últimas protestas de los habitantes de Isla de Pascua. Ni hablar del “conflicto mapuche”, basta los últimos sucesos.
[13] Carta de Hugo Herrera en El Mercurio, “La otra unidad nacional”, 18-9-10: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2010/09/18/la-otra-unidad-nacional.asp
[14] Carta de Guido Larson, “Conflicto mapuche”, 19-9-10: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2010/09/19/conflicto-mapuche.asp
[15] De nuevo cito a Valdés Canje, ya que en 1910 expresaba algo similar: “Podemos ser grandes de tantas maneras! Eduquemos a nuestro pueblo, hagamos de él un organismo sano, fuerte, valeroso en las lides del progreso; desarrollemos en él las cualidades i virtudes, hoy latentes, i mañana nuestra patria será un Eden, cumpliéndose entónces las palabras del poeta, que hasta ahora han sido una ironía amarga ”
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